Decides que tú de avión pasas, así que te metes en tu coche y emprendes el camino al país vecino y hermano, con un par de narices. Mientras vayas por autovía o autopista camino a Lisboa el camino es más que aceptable. Como eres güiri en Portugal, tienes el cuidado de intentar no sobrepasar los 120 km/h que indica la señal (con ¡¡50 km/h de mínima!! en autovía), mientras observas cómo todos los coches te adelantan a velocidades estratosféricas. Evidentemente, tú también acabarás pisando el acelerador más de lo que debieras.
Si te sales de la autovía, ya empiezas a ver según qué cosas, como esta maravillosa parada de autobús que nos encontramos camino del Cabo Espichel:

Piensas que ni a Carpenter se le habría ocurrido semejante artificio, pero en fin, tú a tu bola, a intentar llegar sano y salvo a Lisboa. A la llegada a la capital lusa te esperan dos puentes absolutamente impresionantes dependiendo de por dónde entres a esta ciudad: el 25 de abril, al más puro estilo puente de San Francisco, y el Vasco de Gama, con sus más de 17 kilómetros de longitud.


Entonces te viene la inspiración, y decides introducirte en pleno Centro de Lisboa con tu vehículo. ¡¡Error!!¡Craso error! Calles estrechas, de sentido único, donde el resto de conductores vuelan y antes de que el semáforo esté en verde ya están pitando. Sientes cómo una vena del cuello empieza a adquir un tamaño desproporcionado. Buscas aparcamiento, y peor que en Madrid, porque ni siquieras ves dónde se han metidos los parkings.
Respiras hondo y piensas: “bueno, podía ser peor: podía estar en Sintra… o en Oporto.”

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